Martes, Mayo 9, 2017
“Blanca Oscuridad”: La marcha interminable

Por Italo Mansilla

¿Qué hacer frente a la tragedia? ¿cómo revisar la tragedia y encarar aquel acontecimiento? ¿cómo sobrevivir a ser víctima, pero aún así encontrarse en la periferia del conflicto? Estas son algunas de la preguntas que surgen tras haber visto Blanca oscuridad (2016), del director Juan Elgueta, en la novena versión del Festival de Cine Chileno (FECICH). La película trata acerca de la muerte de 45 conscriptos en Antuco el año 2005 y cómo familiares de las víctimas -miembros del ejército y algunos sobrevivientes- revisan el hecho desde sus recuerdos individuales, archivos y material de prensa relacionada con la tragedia.

En esta ocasión revisaremos dos cosas del documental que llamaron la atención dentro de las innumerables reflexiones que puede traer una obra de este tipo. La primera tiene que ver con cómo gran parte del documental está narrada por una voz en off que correspondería a un soldado muerto durante la caminata de Antuco. Esto es particularmente interesante, porque guía al espectador hacia la tesis central de la película en la que todos los conscriptos presentes en la tragedia son víctimas, los que fallecieron e igualmente los que sobrevivieron.

No hay así ningún intento por interrogar los mecanismos de la memoria, sus formas de funcionar y constituirse a diez años del suceso. En cambio, esta es ficcionalizada en un relato narrado desde un lugar y tiempo que transcurren después de la muerte y, a la vez, recreada por un sobreviviente que realiza el mismo recorrido de aquel sombrío día, sin perder –dentro de la exposición- su peso de verdad.

El relato no deja espacios para la duda y su sentencia es aplastante, los conscriptos son víctimas y el Estado es el responsable de esta tragedia de la que se desentendió al poco tiempo. Aquí no hay opuestos, partes en conflicto o dos agentes que se enfrenten directamente, es solo un gran ente que devora parte de sí mismo sin ningún remordimiento, dejando filtrar la barbarie inherente de la dinámica militar, especialmente dura con aquellos que provienen de sectores de escasos recursos.

El ejército se mantiene indemne ante el fracaso de su administración a medida que espera que todo se olvide y, a la vez, quede oculto en un mar de informaciones trágicas, tal como el monumento construido en el lugar donde los jóvenes murieron, lugar cubierto por la nieve e inaccesible. Es quizás aquí donde está otro punto neurálgico de la denuncia del documental: el acceso a la justicia es imposible para los afectados, los muertos no regresarán y las secuelas de los sobrevivientes los perseguirán como fantasmagorías en recuerdos que se niegan a ser olvidados.

El segundo aspecto que me llamó la atención viene de la mano con una conclusión implícita dada en la película. Luego de ver el transcurso de la vida de los sobrevivientes y los testimonios de la familia del conscripto que “revive” mediante la voz en off, es que se asoma un hecho bastante patético por su tono angustiante. Cuando se entrevista a la madre del conscripto muerto, esta relata como después del fallecimiento de su hijo ha aprendido a manifestar abiertamente su amor a sus otros hijos, cosa que no hacía antes de la tragedia. Asimismo, la voz que se hace de la presencia del conscripto, narra su experiencia de manera tranquila y sin ningún tipo de angustia y/o sufrimiento evidente. Al contrario, los sobrevivientes entrevistados debieron abandonar la carrera militar y dedicar su vida a otras actividades mucho más precarizadas. Se cuestionan sobre la razón de que aún sigan con vida, las expectativas que tenían puestas en la carrera castrense y reniegan de la experiencia cada vez que algún extraño los interroga sobre el hecho.

Aquellos que vivieron muestran consecuencias evidentes del conflicto tanto sicológicas como físicas, a tal extremo que uno confiesa no poder superar la tragedia, como si su memoria hubiera sido capaz de absorber recuerdos hasta ese día para luego colapsar; tanto así que a veces le cuesta reconocer el rostro de sus seres queridos e incluso el de su hija nacida posteriormente.

Así, desde la manera en que se expone el documental, pareciera ser que sobrevivir fue más trágico que padecer la tragedia misma. Porque la desesperante caminata duró solo unas horas -terribles por sobre todo- pero ¿qué pasa después? Los que murieron pueden hablar desde un lugar apacible, los que vivieron deben soportar día tras día la pesada carga de un hecho que los destruyó, ya que al parecer la marcha en medio del viento blanco aún no termina para ellos, y no sabemos si alguna vez lo hará.

Ficha técnica

  • Guión y dirección: Juan Elgueta
  • Dirección de fotografía: Raúl de Pablo, Víctor Uribe y Eduardo Contreras
  • Montaje: Germán Ovando
  • Música: Sebastián Errázuriz
  • Sonido: José de la Vega
  • País: Chile
  • Duración: 80 min.

 

 

Agregar un comentario

Su dirección de correo no se hará público. Los campos requeridos están marcados *