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Algunos apuntes dispersos sobre la autobiografía y el yo en cine | Valpovisual
Jueves, Diciembre 17, 2015
Algunos apuntes dispersos sobre la autobiografía y el yo en cine

Por Pablo Molina Guerrero

“No existen hechos, sólo interpretaciones”.

Friedrich Nietzsche.

“Todo escrito confesional (autobiografía, memoria o diario) instituye una intimidad en espectáculo, y ese acto es y será legítimo mientras se lo tome y se lo asuma como un gesto escénico, teatral, y no como la revelación espontánea de una vida secreta”.

Martín Cerda.

 

 

Me siento con la imperiosa necesidad de justificar la creación de este texto, confesando -casi como un piadoso católico del siglo XIX- que en el último tiempo (2015, para ser más preciso), he ido tomando una vertiente “autobiográfica” en las realizaciones audiovisuales que realizo. El germen principal de esto viene desde hace años, pero también debido al experimento que resultó haber colaborado como una suerte de guionista en “Saleia, horizontes perdidos” (2015) de Roberto Mathews, obra en la que trabajamos por cerca de dos años y que me permitió poner en práctica algunos aprendizajes y técnicas acerca de las escrituras del yo que aún no ejercía.

Suficiente de yo-centrismo. Lo que sigue a este texto son reflexiones, notas, pensamientos, dudas y detours que han surgido durante estos procesos.

Desde los años 80 hasta hoy en día ha existido una proliferación, sobre todo en el campo documental, de obras que se ligan a la autobiografía. Si bien, rasgos autobiográficos se pueden rastrear desde los inicios del cine, como por ejemplo “La comida del bebé” (Repas de Bébé, 1895) de los Hermanos Lumière, pasando por Joris Ivens, Jean-Luc Godard, Chris Marker o Agnès Varda, es sólo durante estas últimas décadas que se ha convertido en una forma aceptada –por las instituciones, festivales y crítica cinematográfica- de integrar la propia vida en un filme, y que en algunos casos abarca no sólo la intención o punto de partida, sino que también el mismo cuerpo de la película.

Antes que todo, debemos poner especial atención en lo que es una autobiografía. La autobiografía se define como una narración de la vida o parte de ella por el propio autor de la obra. Este autor siempre se define como un yo que escribe y en el caso del cine quien habla y registra, generalmente.

Para simplificar tomemos el ejemplo, desde la literatura, de Franz Kafka. Kafka fue un escritor judío, quien escribió su obra en alemán a principios del siglo XX, además de cuentos y novelas (muchas veces dejados incompletos) escribió cartas y diarios que han logrado ser preservados hasta nuestros días, a pesar de la voluntad del mismo autor.

Incontables veces, para entender el desarrollo de su obra literaria en ficción los escritores y ensayistas recurren a sus escritos autobiográficos –los cuales no estaban pensados por el autor con un fin artístico sino que formaban parte de su, digamos, vida privada- buscando pistas y razones o estados de ánimos para explicar los sucesos de su historia literaria.

Esta búsqueda, ida y vuelta entre ficción y autobiografía, puede resultar provechosa, pero en verdad nunca se encontrará una respuesta satisfactoria. Sólo Franz Kafka como persona, posee las razones que buscan los investigadores. Franz Kafka con todas sus debilidades y fortalezas no es algo traducible a la escritura, ni siquiera para él mismo, su historia autobiográfica es sólo parte de su ser, a pesar de que haya escrito en algún momento: “Uno encuentra en su diario pruebas de haber vivido, de haber mirado alrededor y de haber anotado observaciones incluso en circunstancias que hoy parecen insoportables”.

Existe esta tendencia a creer que todo escrito autobiográfico es un reflejo casi absoluto de la personalidad del autor (sobre todo los diarios y cartas), obviamente vinculado a la idea de la confesión cristiana, pero se olvida que toda persona es un conjunto de puntos de vista y no se puede solicitar neutralidad al incurrir en la descripción de uno mismo, siempre existe una elección de sucesos por sobre otros aunque debemos tener cuidado, las escrituras autobiográficas son diferentes y variadas, como aclara el casi desconocido ensayista chileno Martín Cerda: “Es posible, sin duda, que el autor seleccione tendenciosamente los sucesos que anota diariamente, pero como el tiempo que transcurre no es, como el de las memorias, un tiempo concluso, el autor desconoce cómo irán evolucionando luego esos sucesos.”

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Respecto a ello, podemos hacer una salvedad entre cine y literatura autobiográfica. El realizador de cine que hace un diario, por ejemplo, si bien registra continuamente, en cierto momento observará lo que ha registrado y elegirá un punto final, una autoselección de sus diarios, como podemos verlo en el caso de Andrés Duque con su “Color perro que huye” (2011), selección de diarios y descartes desde su llegada a España cuyo punto de partida es un accidente que sufrió, o en su “Ensayo final para utopía” (2012) imágenes varias de un año de su vida con desvíos, marcado especialmente por la muerte de su padre.

Por lo tanto, el diario en cine está hecho para ser público en cierto momento, cuando alcance su forma, en cambio el diario en literatura está hecho principalmente para ser privado, pero ello siempre depende de quien es el que escribe. Una nota curiosa es que se está realizando la selección de los diarios de vida del cineasta Raúl Ruiz, quien estaba muy consciente de este juego del yo en el diario como formato literario. Bruno Cuneo, editor de este diario comentaba que en un momento descubrió que Ruiz llegó a tener cerca de unos tres diarios paralelos que se comentaban y contradecían. El cineasta chileno, entonces, se dedicó a jugar con la forma, tal como hizo con sus películas y sus figuras de dobles.

En el campo específico del cine, además, existen dos yo separados temporalmente por la complejidad que significa la realización cinematográfica: el yo que registra su vida y luego el yo que selecciona y edita esos fragmentos de vida. Dos yo que se interrelacionan, que pueden contrariarse, corregirse o no, siempre dependiendo del tiempo que haya transcurrido entre los dos procesos creativos necesarios para su realización: el rodaje y el montaje. Como es el caso de las películas de Jonas Mekas, quien quizás es el ejemplo más extremo. Mekas arma sus diarios de recuerdos, generalmente dejando de lado la cronología, incluso armando estas películas luego de décadas tras haber sido filmadas, y tal cual la memoria, las imágenes fluyen en su fragilidad discontinua.

Prosiguiendo con Cerda, podemos decir que: “Cada diario inscribe siempre un yo que anota, observa, reflexiona o inquiere. Ese yo no es, sin embargo, el mismo yo que habla diariamente: es un yo que escribe, un sujeto literario, como el narrador novelesco, el relator memorioso, el Ego ensayístico. Es un sujeto, en suma, que escoge, tacha, desatiende, se autocensura y avanza mediante un movimiento único, estratégico de escritura que Roland Barthes propuso entender como un “juego personal” del yo consigo mismo.”

Todo yo –cualquiera- es un ser múltiple. “Yo es un otro”, decía visionariamente Arthur Rimbaud. El yo que está entre amigos, no es el mismo que el yo que está con su familia, o en su trabajo, incluso este yo es diferente cada vez que está frente a otro ser humano. Esto, debido a que un yo ante un otro es mediado por una negociación, en la que se dan simplificaciones y opacidades para facilitar el lenguaje y la comunicación.

Ni siquiera el yo puede describirse correctamente a sí mismo porque es el lenguaje –cualquiera sea- el que nunca entregará un imagen fidedigna de la complejidad del ser. Un ser es una totalidad inabarcable para el lenguaje y si se consiguiera al establecer una relación con otro, se convertiría en una situación sumamente compleja, ya que la vida relatada duraría lo mismo que la vida vivida hasta ese entonces.

Un ejemplo más actual es Facebook. Millones de personas utilizan esta web como una suerte de diario online público, donde van relatando sus aconteceres y preferencias. Un tipo de exhibición del yo, pero que no es el mismo yo cotidiano sino que una apariencia, una forma de buscar aceptación por los demás mediante una mascarada en la que todos somos jugadores pasivos y activos, productores y consumidores.

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Otra consideración a tener en cuenta es que un yo siempre está ligado a un rostro. Todo rostro es único e irrepetible, es aquello que singulariza y hace visible el ser ante los demás. Pero no todo es tan sencillo, si pensamos etimológicamente. El término clásico griego para rostro, prosopon, y que literalmente significa “lo que está delante de la mirada de los otros” es la misma palabra que los griegos ocupaban para máscara. Para los griegos no había real diferencia entre rostro y máscara. Son los romanos quienes ya empiezan a hacer la diferencia, llamando persona a la máscara y vultus o facies al rostro. En este tiempo persona seguía ligado a nuestras ideas de personaje, rol, teatro, máscara, pura representación.

“El derecho romano, por otra parte, subraya el sentido de rol o papel social otorgado a ‘persona’: ‘homo plures personas sustinet’ (‘el hombre sostiene muchas personas’), lo que significaba que ‘persona’ es, de algún modo, un concepto sobreañadido al de hombre, pues éste es capaz de ‘sostener’ o representar distintas funciones, de revestirse con diferentes ‘máscaras’: actuando ora como padre, ora como comerciante, ora como fiel de tal religión, etc.”, como señala Belén Altuna en un artículo titulado ‘El individuo y sus máscaras’.

En todo proceso autobiográfico existirán opacidades, simplificaciones e ilusiones que harán de nuestras vivencias exageraciones de una u otra forma. Es algo que no se puede evitar. Toda escritura desde el yo implica grados de ficción, no hay documento que no sea parte de la fantasía de una u otra forma. Quien relata su vida, dice Cerda, “echa mano a su pasado, escoge y enfatiza algunos episodios, y, a la vez, difiere y silencia otros, para montar su vida como un espectáculo. La escenifica. Hace con ella teatro, como la artista de strip-tease lo hace con su cuerpo, es decir, se muestra, justamente, para ocultarse.”

Por lo tanto, todo yo inscrito en una obra –sea literatura o cine autobiográfico- es sólo un fragmento de la vida del autor y a la vez una representación o mascarada de la misma. Se trataría al final de cuentas de auto-ficciones que se relata el autor a sí mismo u a otros, destacando ciertos momentos por sobre los demás, convirtiendo a la vida que no entra en la obra en meros descartes.

Incluso sería apropiado que dejáramos de pensar en el cine como autobiografía, y empezar a pensarlas como autorretratos tal como en la plástica, después de todo se trata de apariencias y proyecciones en la obra. Luces y sombras. Un yo auto-exhibido.

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