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Dos imágenes noventeras grabadas en la retina | Valpovisual
Lunes, Noviembre 2, 2015
Dos imágenes noventeras grabadas en la retina

Por Pablo Molina Guerrero.

Recuerdo fines de los años noventa, como el tiempo cuando finalmente podía quedarme hasta tarde viendo la TV, era en cierta forma, un nuevo mundo de imágenes, alejado de los dibujos animados los cuales nunca dejé de admirar. Este nuevo mundo abría las puertas hacia el erotismo y la violencia mediante las películas que se podían ver por los canales nacionales del llamado “Chile democrático”, aunque en ese tiempo las censuras a las imágenes y a lo explícito aún se mantenían.

Recuerdo que esperaba ansioso cada vez que programaban todas las secuelas de ciertas películas de terror, en especiales que a veces duraban un mes o dos. Creo que, a veces, era durante los días de escuela que las daban, por lo tanto, todavía somnoliento debía asistir a clases, donde me divertía dibujando a los personajes y discutía estas películas en los recreos con mis compañeros de ese tiempo.

Recuerdo que junto a mi hermana –de sólo dos años menor- nos quedábamos viendo estas películas, pero que a la primera señal de violencia explícita –un asesinato- ella huía hacia su pieza para ir a dormir y evitar observar la carnicería visual que entregaban estas películas. Era así que durante esas horas pasaban a ser parte de mi familia imaginaria Freddy Krueger, Michael Myers, Jason Voorhees o Pinhead, aunque sólo por si acaso, me iba a dormir dando un gran salto sobre la cama por si hubiera algo debajo que me tomara de los pies, o peor, me cortara en el talón de Aquiles como lo hace el niño al abuelo en Cementerio maldito (Pet Sematary, 1989, Mary Lambert).

Recuerdo también que durante ese tiempo las noticias informaban continuamente, ante mis ojos de niño, las situaciones en las que estaba el, en ese entonces, llamado Ex Comandante General del Ejército y Senador Vitalicio Augusto Pinochet Ugarte. Ese hombre que se veía fisiológicamente destruido y al parecer injustamente detenido en Londres, por como lo señalaban los continuos entrevistados acerca de su situación “jurídica”.

A este sujeto sólo lo conocía por las veces en que mi padre despotricaba contra las personas que buscaban “ensuciar su imagen”, pero que recuerde, en ese tiempo no era algo muy habitual que por TV saliera alguien diciendo ese tipo de cosas. Por lo tanto este señor, al que se daba tanta importancia, era un completo desconocido para mí. Ni en el colegio municipal al que asistí durante ocho años se le mencionó en ningún momento, ni para bien ni para mal. Tema tabú.

Cuando este Augusto Pinochet finalmente fue repatriado –incluso se realizó una transmisión en vivo por TV de su llegada al aeropuerto de Santiago- y del que se decía estaba muy enfermo, tras bajar del avión en silla de ruedas, fácilmente se levantó para saludar a otros generales y políticos, ésa imagen se me quedó grabada en la retina, mejor dicho, en el cerebro. Aún lo puedo ver haciendo ese gesto.

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Otra imagen continuamente grabada en mi cerebro, son las escenas de tortura que realizaban los cenobitas sobre los cuerpos de sus víctimas en Puerta al infierno (Hellraiser, 1987, Clive Barker), la cual es como decía, más o menos del mismo período de tiempo. Dos imágenes que me han acompañado y que hace algunos años logré hacer una conexión entre las dos, si bien algo paranoica conspirativa, quizás influenciada por Los Archivos Secretos X (The X Files) o el canal Infinito del cual me hice habitual.

Dos imágenes que visualmente podrían ser lejanas se unen en la mente de un niño, como si fuera un montaje de atracciones de Sergei Eisenstein. Necesario fue investigar por mí mismo el background de este Augusto Pinochet, ya que la secundaria –o educación media- tampoco ayudó mucho a revelar esta cuestión. Al final pensé que algo quería decir el que estas dos imágenes en especial quedaran grabadas en la mente del niño que era, no podía haber tanta coincidencia. Así que empecé a sospechar de la TV.

A fines de los años ochenta y durante los años noventa del siglo XX, se acostumbraba programar una serie de películas de terror durante las noches en los canales chilenos de TV abierta. Entre estas dos décadas, el contexto cambió, se terminó la época dictatorial legitimada por sí misma para comenzar la etapa de supuesta transición política, si bien el “fantasma” Pinochet –personificación de la Dictadura- continuaba teniendo buenas cuotas de poder.

Empecé a sospechar acerca del por qué se programaban estas películas, lo cual ya es raro para la TV chilena conservadora –o cartucha– de ese tiempo (¡a pesar de que estaban completamente cercenadas ocultando lo más interesante!) siendo además que se exhibían en horarios donde niños como yo aún podían verlas aunque sea de a fragmentos, es decir, entre las 22:00 horas y la madrugada, los comerciales iban extendiendo el final hasta el hartazgo. Imaginé que había una razón detrás, algún tipo de ideología.

La ideología se esconde detrás de cada producto u acción realizada, tanto en épocas de paz como de conflicto. Siempre hay una razón detrás, sea consciente o inconsciente. La ideología en la imagen ocupa dos formas, una implícita y otra explícita, la cual muta dependiendo de los contextos. Además, se debe considerar que toda imagen forma parte de un “espectáculo” en sí (Guy Debord) y a su vez la imagen funciona como un espejo aberrante, que a pesar de una serie de implicancias materiales de la misma, permite des-estructurar su uso, contexto y analizarla, para que a través de la imagen historizar, sin olvidar que toda imagen posee por supuesto, una “violencia simbólica” (Pierre Bourdieu).

Tanto en las versiones que se pudieron exhibir en cine, como en TV de estas películas de terror, la censura tanto de los ochenta como la de los noventa, cortaban las imágenes sin ningún cuidado, censurando las escenas explícitas de violencia, así como las escenas eróticas. Mutilando las películas de una forma tal que el mismo argumento quedaba dando saltos, siendo que estos filmes están hechos para fomentar el morbo sobre los cuerpos: “Las dos grandes historias fueron el sexo y la muerte” (Jean-Luc Godard). Ya en aquello hay una ironía, censurar (aunque sólo en parte) los métodos que muchas veces eran símiles a los practicados por la Dictadura.

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Pensé en dos hipótesis o razones del por qué estas películas de terror eran programadas durante ese tiempo:

1.- Que la programación fue realizada como una crítica implícita al ambiente generado durante la Dictadura. Ante lo cual podríamos considerar que tanto el género de las películas programadas en señal abierta así como los monstruos que participan en ellas, funcionaría como una forma de hablar/expresar (d)el fascismo legitimado. Aunque aquello no justifica a la continua programación que siguió durante los mismos años noventa.

2.- Que en definitiva la programación de este tipo de películas, funcionó como una propaganda permanente e implícita anti-democracia. Considerando en este caso el género de las películas y los monstruos que aparecen en ellas, como la personificación del fantasma del comunismo que se tomaría la democracia naciente y prometida, destruyendo lo construido por el “salvador de la patria”.

Personalmente, me implicaría hacia la tesis dos, debido a la ultra-reconocida actuación de los grandes medios comunicacionales en Chile, tanto durante como tras la Dictadura, y toda la serie de implicancias ideológicas de poder, control, espectacularización y de manipulación propias de la implantación del capitalismo neoliberal de mercado desregulado (Armando Uribe). De todas formas, el fantasma del comunismo llevaba mucho tiempo muerto y la gente-de-la-alegría-ya-viene-en-forma-de-arcoiris lo único que hicieron fue perpetuar el sistema.

En cualquier caso, en ambas tesis el factor común que une ambos períodos, e incluso gran parte del significado implícito (haya sido conciente o inconsciente para los programadores) fue la permanencia de Pinochet como figura pública, dejando de ser Dictador, pero aún con su cuota de poder en la forma de Comandante en Jefe del Ejército. Lo cual lo convertía en una efigie todavía presente en la retina de los telespectadores, más allá del tipo de cargo oficial que ostentaba.

Si es que estas notas, delirios conspirativos o hipótesis más intuitivas que (auto)analizadas fueran verdad, poco importa para mí. De cualquier forma seguiré teniendo esas dos imágenes provenientes de la “caja idiota” resonando en mi cabeza, chocando entre sí hasta que por efecto de la memoria se solapan, uniéndose finalmente mediante una sobreimpresión.

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