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Anacronismos: Digital como celuloide (por una superación del complejo de inferioridad) | Valpovisual
Viernes, Febrero 13, 2015
Anacronismos: Digital como celuloide (por una superación del complejo de inferioridad)

La historia del cine como celuloide no le pertenece al cine digital. Un formato fantasmal, sin soporte, debe encontrar sus propias formas de exhibirse como tal, mostrando su piel tal como es.

Por Pablo Molina Guerrero

Para nadie es sorpresa que el celuloide está perdiendo en la lucha tecnológica contra el digital, formato que si bien tiende a la caducidad por su constante tecnificación periódica, se ha convertido en la verdadera materia prima del cine. Esto debido no sólo a sus bajos costos, tanto en rodaje como en post-producción, sino también por su fácil manipulación.

Por otro lado, el celuloide como material se ve cada vez más relegado a piezas experimentales de textura, en las que el fotograma compuesto por bromuro de plata se constituye en mero lienzo donde alterar la luz. Este tipo de cintas se han ido convirtiendo en una versión en movimiento de la pintura abstracta, lo que no impide que hayan excepciones, como las experimentaciones de Bill Morrison, Peter Tscherkassky o Antoni Pinent, quienes a pesar de todo trabajan en base a la figuración y cadencia de las imágenes.

Dichas obras, por lo general, son películas de una sola copia, por lo que sus exhibiciones suelen ser restringidas debido a que el celuloide se va rayando y gastando. En Europa, por ejemplo, las películas en celuloide se exhiben principalmente en los museos y muestras especiales de ciertos festivales.

Si bien los expertos indican que el celuloide es el mejor formato que existe para preservar las obras cinematográficas, ello no implica que este formato se abstenga de tener caducidad como material. Lo planteado tampoco evita que la producción de celuloide virgen siga bajando en el mundo, mientras los amantes del cine como variación químico-fotográfica se siguen tirando de los pelos por el amor a la sala y al ritual cinematográfico clásico.

Metafóricamente hablando, los cinéfilos dicen que el (ya) antiguo ritual de la sala de cine, con el proyector traqueteando al fondo de la sala, era similar a un tipo de misa, a un mundo donde sólo algunos conocían la contraseña. Se encontraban en la sala, se miraban y, en su interior, se reconocían como “iniciados”. El traqueteo te podía acompañar si te quedabas dormido en la proyección y te acompañaba, meciéndote, hasta la otra sesión del ciclo, tal como le gustaba a Raúl Ruiz.

decasia

El celuloide ha logrado tener su propia historia como material manipulable. A ello le debemos los juegos y prácticas de diferentes cineastas clásicos como Hans Richter, Man Ray, Norman McLaren, Stan Brakhage, Claudio Caldini e Iván Zulueta, por nombrar algunos. Ellos llevaron la experimentación a lugares insospechados, creando piezas que hasta hoy en día admiramos, tanto por su riqueza en texturas, como ser obras únicas creadas a punta de paciencia y talento. ¿A quién no se le acelera el corazón viendo Un chien andalou, The Alphabet o Dog Star Man?

Con el nacimiento de la cámara de video surgió el videoarte, género que empezó a distanciarse del cine como celuloide, buscando formas y texturas propias que realzar como material. Ha sido un largo camino donde los Betamax, VHS y el resto de esos soportes electromagnéticos han ido caducando, siendo olvidados y quedando relegados sólo a ciertos museos. Debido a esto, muchas obras han quedado estancadas en su soporte original -al no poder ser trasladadas a otros formatos- y algunas ya siquiera se pueden visualizar.

Cuando surgió el digital como archivo computacional -como unos y ceros encriptados- la desaparición de un soporte exclusivo convirtió al digital en un migrante de soportes. Un hijo bastardo de todas las tecnologías. En su contradicción ético-psicológica-formal, se ha ido vistiendo de diversos trajes, como copia del celuloide, como copia de los viejos formatos de video electromagnético, etc. Sin una identidad propia, el digital se ha ido perdiendo en sí mismo queriendo unirse al baile tras una máscara, avergonzado de su verdadera forma.

No hay nada más triste que una imagen digital que mediante programas de post-producción se enmascara con granos de celuloide o imita al tecnicolor. No es más que un maquillaje para tratar de pasar por contrabando, o tratando de unirse a un legado más antiguo que en sí le pertenece sólo al nivel en que nosotros estamos unidos a nuestros primos. La historia del cine como celuloide no le pertenece al cine digital. Un formato fantasmal, sin soporte, debe encontrar sus propias formas de exhibirse como tal, mostrando su piel tal como es.

Videophilia (And Other Viral Syndromes) 1

Sin embargo, actualmente vislumbramos cierta esperanza en el horizonte para el cine digital. Si bien se trata de casos aislados, existen realizadores que seguramente han pensado en la materialidad de los soportes, y lo han demostrado con sus obras. En Ensayo final para utopía (España, 2012) Andrés Duque manipula imágenes que eran originalmente celuloide en mala calidad, digitalizándolas al igual que sus propias imágenes. Grabado casi en su totalidad con un iPhone, con todos los settings en automático, la cámara expone a su antojo. A ello le suma un efecto en Final Cut que deforma la imagen dándole una extraña aura que la convierte en un fantasma, tal como su propio origen, estos unos y ceros huérfanos de un soporte definitivo.

También Videofilia (y otros síndromes virales) (Perú, 2015) de Juan Daniel Molero, reciente ganadora del premio principal en el Festival de Cine de Rotterdam, acusa uso de la materialidad fantasmal del digital. A través del databending y siguiendo estéticas del GIF, diversas imágenes van mezclando lo que sería el mundo real y el virtual.

Esta omnipresencia de lo digital en archivos dañados, llevados al exceso para así mostrar sus costuras y pixeles, permite soñar con nuevos medios para contar historias (o para destruirlas), como datas que no logramos comprender del todo pero que nos hacen creer en ilusiones de imágenes.

Es en esta nueva perspectiva, la del artefacto que graba casi por autonomía, del dato que se corrompe deformando su imagen, de nuestras memorias como unos y ceros archivados, que el digital logrará su textura, su estética verídica. Lejos de ese anacronismo que es disfrazarse con los (d)efectos del celuloide.

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