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Cine Valparaíso: La ciudad puerto en el cine de Aldo Francia (*) | Valpovisual
Viernes, Noviembre 22, 2013
Cine Valparaíso: La ciudad puerto en el cine de Aldo Francia (*)

Por Antonio Martínez.

El libro de Claudio Abarca “Valparaíso, más allá de la postal. 50 años de cine chileno, 1960-2010”, es sobre películas que se transforman en un cerro más de Valparaíso, porque se impregnan en su horizonte y sus secuencias ahora son quebradas, sus diálogos vertientes y sus personajes gente de ascensores y troles, que recorren las escaleras verde mar o el plan de la ciudad.

Un fotograma lleva a otro, una secuencia a la siguiente y están los personajes de la historia, pero también dos tipos de personas: las que hacen las películas y los espectadores que las ven. Digamos que no se salva nadie, en otras palabras, en una película de Valparaíso puede estar el universo sin dirección ni número. ¿Hasta dónde llegan estas películas?

Las dos de Aldo Francia, por ejemplo: “Valparaíso mi amor” (1969) y “Ya no basta con rezar” (1972). Hay fotogramas y personajes en esas películas que son como un volantín que se va cortado o como una pelota que rebota guarda abajo en las esquinas, muros y barandas. No se sabe hasta dónde llegan.

Esta es una secuencia de “Valparaíso, mi amor”: el periodista y el fotógrafo llegan a la casa de Mario González, encarcelado por abigeato, robaba ganado por el cerro Ramaditas. Es el Chile terrible de los años 60, una década que empezó fatal. ¿Tasa de mortalidad infantil? 125 muertos por cada 1000 vivos. Educación universitaria: 1,8 por ciento de los estudiantes. Televisores: 31 mil en todo el país. ¿Analfabetos? Un 16 por ciento de los mayores de 15 años. El caso es que Mario González  había educado a sus hijos con frases como estas: “Las vaquitas las hace Dios, pa’que coman los pobres”.

Valparaíso mi amor 2

En una secuencia, hay un personaje de fotógrafo, interpretado por Orlando Walter Muñoz: el que rompe el cuadro, destroza el vidrio y el periodista lo reprende, por su costumbre de ‘dejar la crema’. La secuencia termina en el diario La Unión, en la película es La Crónica, el periodista desdeñoso que pide la foto y dice ‘es la misma cuestión de siempre’, es Héctor Soto, que del cerro Los Placeres se fue a Santiago, y es un brillante crítico cine y además cronista político.

Orlando Walter Muñoz, hombre de teatro, televisión y radio, había protagonizado uno de los cortometrajes de Aldo Francia: “Solo”. El título no es para perderse en ambigüedades, y el único intérprete, obviamente, era Orlando Walter Muñoz.

Francia, médico pediatra y admirador del neorrealismo italiano, de niño vivió en el cerro Yungay y hasta viejo tuvo una consulta en los altos del cine Valparaíso, ya desaparecido, pero fue en Viña del Mar donde empezó con esto del cine. Francia, la verdad, fue un viñamarino con corazón porteño. Algo muy difícil de entender para la gente de la capital.

El doctor Francia fundó un cine Club en Viña, cuya sede fue el Museo Arqueológico Francisco Fonck, donde el nombre propio recuerda al oftalmólogo, explorador y arqueólogo del sur de Chile, que en 1872 llegó a Valparaíso y llego a ser director subrogante del Hospital Alemán, en el cerro Alegre. Después se fue a Quilpué, donde murió.

Todos estos datos aparecen en un libro imprescindible, para los que quieren ser porteños de verdad: “Diccionario Histórico Cultural de Valparaíso”, del profesor y escritor Leopoldo Sáez Godoy. Que alguna vez, entre paréntesis y perdonando el recreo, se dio un gusto olímpico para un lingüista chileno exiliado en Alemania, que era su caso.

Su especialidad es el lenguaje hablado y el idioma de la tribu. En 1983 publicó, en Bonn, el estudio “Una familia léxica del español común e informal de Chile: hueva y sus derivados”. Los ejemplos eran de esta laya: “Augusto es el más huevón del curso”. O bien: “A Augusto, en los Padres Franceses de Valparaíso, lo agarraron permanentemente para el hueveo”.

Después del paréntesis y el recreo, la historia sigue, pero se retrocede medio siglo. En el Cine Club de Viña del Mar, la criatura de Aldo Francia, se estaba organizando el Primer Festival Internacional de Cine Aficionado. En la segunda reunión asumieron la realidad y sacaron lo de Internacional.

En el Primer Festival de Cine Aficionado, en febrero de 1963, compitieron 38 cortos. Nueve eran de Aldo Francia y nueve de Juan Pérez, cineasta oriundo de Peñaflor que se puso con toda su producción: 21 cortos, pero le seleccionaron nueve. En la ceremonia de clausura y aunque ganó algún premio por su documental “Navidad de los niños pobres”, no se conformó, quería el principal, que por lo demás se lo ganó Francia con “Lluvia en el barrio latino”.

El caso es que Juan Pérez se puso de pie y avanzó por el pasillo gritando, a viva voz, que su película era la mejor y se había cometido una injusticia atroz. El crítico de radio Minería, Orlando Walter Muñoz, precisamente, hizo un comentario escueto y mundano: “Esto se le permite a Truffaut en Cannes, pero no a Pérez en Viña”. El caso es que de Juan Pérez nunca más se supo. Y de Aldo Francia estamos hablando hasta el día de hoy. El director murió en 1996.

Y hace poco más de una semana, el 30 de octubre, murió Gustavo Lorca Rojas, que nació en Valparaíso, pero fue alcalde de Viña del Mar, después diputado por la zona y un político que en su momento, y desde su posición de alcalde, apoyó al Primer Festival de Cine Aficionado.

En todo hay conexión y vida, entre el puerto y entre Viña, porque esto es como el cine de Valparaíso. Es como el volantín que rompe el hilo y simplemente se va o como la pelota que rebota hasta que le digan hasta aquí no más llegaste.

Valparaíso mi amor

Cuando se estrenó “Valparaíso, mi amor”, arreciaron las cartas y hasta las columnas, lamentándose y protestando: cuál era el gusto de filmar lo feo y lo pobre y por qué no elegir alguna postal de la zona, por poner un ejemplo: el castillo Wulf, la avenida Perú o algo aun mejor, el reloj de Flores. La paradoja es que Gustavo Lorca Rojas, en su industriosa alcaldía, fue quien ideó e inauguró el reloj de Flores.

El penúltimo anexo es el director francés Francois Truffaut: murió en 1984. Lo que queda por saber es la suerte de Orlando Walter Muñoz, único protagonista de “Solo” y el fotógrafo que deja la crema. No siempre, por supuesto.

Radomiro Tomic, político demócrata cristiano, fue candidato a Presidente en 1970 y en Valparaíso, donde había sido senador, tuvo su acto de masas. Apareció en el proscenio con una pala, su símbolo de campaña. Una pala para trabajar la tierra y sembrarla de esperanzas. Ese era el concepto.

Orlando Walter Muñoz decía que la idea de la pala se le había ocurrido a él. Y antes de la concentración porteña compró dos palas, porque nunca se sabe. En un momento determinado,  el candidato estiró la mano y Orlando Walter se la pasó. A los pocos días, la prensa de izquierda y derecha,  sagaces en la ocurrencia y la acidez,  bautizaron a Tomic como “El loco de la pala”. Tomic, ya se sabe, en las elecciones presidenciales de 1970, perdió y salió tercero.

En fin, hay que ideas que parecen buenas.

Orlando Walter Muñoz vive en el cementerio 3 de Playa Ancha, bajo tierra, y desde su tumba se ve el mar, el sepulcro de Emile Dubois, el Faro Punta Ángeles y también se ven películas. Y Radomiro Tomic, hoy por hoy, es más bien una mina de cobre, en Calama, a tres mil metros de altura y a unos 1.800 kilómetros de Valparaíso.

El director Aldo Francia, entonces, aparte de los cortos, solo filmó dos largometrajes: “Valparaíso, mi amor” y “Ya no basta con rezar”. En esta segunda película, en Puertas Negras, una población por las alturas del puerto, un cura se hace obrero y después revolucionario. Todo esto a mediados de 1972. Otra mala idea.

Ya no basta con rezar

Una cruz de madera, una especie de camino cintura entierrado y el padre Jaime es interpretado por Marcelo Romo, que hoy no se acuerda de nada: padece alzheimer. Hay un personaje secundario que tararea una canción y avanza guitarra en mano. Y hay un hombre extraño que baila y los rodea.

Esta es la secuencia: El hombre con el tambor en la mano es el Cristo de Palo, así le decían a un vagabundo de Viña y Valparaíso, vestido con cierta etiqueta roída y sombrero, que paseaba un perrito amarrado con cordel. Un pequeño fox terrier, versión nacional y pirateada, probablemente. Una especie de remake de Charles Chaplin, un pobre que tuvo clase, un vagabundo por opción y una sombra que baila y camina.

El hombre de la guitarra es Osvaldo Rodríguez, el compositor y cantante llamado Gitano Rodríguez y autor de “Valparaíso”, una canción que es un monumento a la ciudad, a su ánimo, dignidad y semblante. Es la muerte que enluta, el viento que limpia, el miedo inconcebible a la pobreza, las calles que encadenan y el hambre que amarra.

El Cristo de Palo todavía existe gracias a “Ya no basta con rezar”. El Gitano Rodríguez estuvo exiliado en Italia, regresó con la democracia y en el puerto encontró que la letra de su canción tenía más verdad y más terrible de lo que  suponía: no reconoce la historia, la fría indiferencia y la lluvia que destiñe.

El Gitano Rodríguez, entre paréntesis, estudió en Viña del Mar. En otras palabras: el creador de la canción “Valparaíso” fue alumno del Colegio Mackay. Sin esperanzas volvió a Italia y murió en marzo de 1996. Dos meses después, en mayo de ese año, fue nombrado Ciudadano e Hijo Ilustre de Valparaíso. En este caso, el dicho debería ser: “Más vale nunca que tarde”.

Este es el viaje, entonces, del volantín que se va cortado o de un pelota cerro abajo. Son historias que están en la memoria y siempre en el cine con Valparaíso: en los niños que se peinan con agua para la foto, en un vagabundo bailarín llamado Cristo de Palo o en boites ruidosas como el American Bar, que era como estar en la propia casa.

En los espectadores del cine Lux y su intenso olor a cera;  el terror ancestral ante la Piedra Feliz y el rugido del mar; o el marinero moribundo de Raúl Ruiz, cuyas últimas palabras con “chachachá, qué rico el chachachá”.

El cine encarna el vértigo sentimental, la velocidad del tiempo y la emoción del viaje sensorial. Sabemos lo suficiente: esa película sobre Valparaíso y el volantín huérfano o la pelota sin nombre, son parte de nuestra patria más querida. Y lo son hasta el final: hasta que el destino nos alcance.

El comienzo fue en Viña del Mar, clínica Los Castaños, frente al Sporting Club Valparaíso. En esa época y al nacer, centenares de niños tuvimos al mismo médico pediatra: el doctor Francia.

Antonio Martínez crítico cine(*) Texto elaborado por Antonio Martínez, periodista, crítico de cine y escritor, coautor de “Cien años claves del cine” y “Chile en el cine. La imagen país en las películas del mundo”, para el conversatorio “Cinema Valparaíso: una historia de películas”, realizado junto al periodista y crítico de cine Claudio Abarca en el Festival Puerto de Ideas 2013.

 

 

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